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jueves, 7 de marzo de 2019

Historia de un peregrino.


Se avistaba tierra en el horizonte, tierra Europea, tierra de felicidad y de oportunidades, tierra de dinero. Después de casi 7 años deambulando entre desgracias, lo único que separaba a Haji de un destino en el cual no sería bien recibido, pero le podría al menos garantizar la ausencia de bombardeos, eran unas cuantas millas de mar y mil euros que debía conseguir para comprarle un billete al tipo trajeado del barco que zarpaba todos los días a las tres de la mañana.
Con los bolsillos vacíos, el precio que había pagado por llegar hasta allí había sido demasiado alto; su padre, su madre, su esposa, su hijo, su hogar... Todo lo que Haji un día tuvo se había perdido bajo el mar de ruinas que ahora era su pueblo. A Haji sólo le quedaban los recuerdos, recuerdos que intentaba mantener con vida, recuerdos de una época en la que su mayor preocupación era tener que hacer unas cuantas horas extra para poder así llegar a fin de mes, una época en la que su familia le esperaba en casa después de una dura jornada de trabajo de diez o doce horas. Cómo lo echaba de menos. Pero todos esos recuerdos desembocaban ahora en una pesadilla. No hizo falta más que un día, un día cualquiera para cualquier persona ajena al pueblo y a la masacre que lo destruyó, para los que la tragedia no supuso más que una noticia de un bombardeo en un país lejano que llevaba en guerra desde hacía mucho. Pero para Haji, aquel viernes 21 de Diciembre de 2012 suponía mucho más que una noticia, que una estadística, aquel día Haji lo perdió todo.

Sonó la alarma de aviso, la gente se puso muy nerviosa y todo el mundo empezó a correr. Haji se fue corriendo a casa para llevar a su familia al refugio, pero las bombas comenzaron a caer a medio camino. Al doblar la esquina hacia su calle se dio cuenta de que era demasiado tarde, de que ya no había nada que hacer. Una de las numerosas bombas que llovieron aquel día había alcanzado su casa que ahora se caía a pedazos. El mundo se le vino abajo y se quedó parado en mitad de la calle, no importaban las bombas, ya no importaba nada, su casa se había derrumbado delante de sus propios ojos, y con ella toda persona a la que Haji quería. Cuándo fue capaz de reaccionar, su primer impulso fue el de gritar, no decía nada, solo gritaba.Gritó hasta que la ausencia de voz no se lo permitió más y entonces lloró. El bombardeo había terminado y Haji seguía vivo, hubiera preferido una bomba bajo sus pies o sobre su cabeza, cualquier cosa antes que lo que estaba sucediendo, sin duda la sensación más dolorosa que una persona puede llegar a tener. Lloró hasta que el dolor de cabeza mezclado con el de oído fue insoportable. Por un momento pensó que aquello no era más que un sueño y que despertaría de un momento a otro, el no despertar lo enloqueció por un momento, se mareó y cayó al suelo inconsciente.
Cuándo se despertó no había nadie, todo el pueblo estaba vacío y en ruinas, se incorporó y se quedó mirando su casa, bajo la cual yacía su familia, muerta, aplastada y olvidada.
Anduvo sin tener muy claro adonde durante meses. Dormía en cualquier banco y malcomía lo que conseguía robar de vez en cuando en los mercados de los pueblos por los que pasaba. Todo se había acabado. Vivir no le resultaba demasiado estimulante pero jamás contempló la opción de rendirse y dejar que la gente, como a su familia le había sucedido, siga muriendo. Pero, ¿qué podía hacer un hombre, un solo hombre como él, para cambiar el curso de una guerra? ¿No había, acaso, países enteros que luchaban para ello? ¿Países poderosos, adinerados y avanzados que jamás permitirían masacres como aquella? Estaba seguro de que sí, tenían que existir. Se dispuso a unirse a esas fuerzas, a esos hombres y mujeres que seguro luchaban por un mundo en el que cada persona tenga las mismas oportunidades y los mismos derechos. Así comenzó su viaje hacia tierras Europeas. Hacia tierras de felicidad. Hacia tierras de oportunidades. Hacia tierras de dinero.



Mendigar era la única manera legal que Haji tenía de conseguir dinero y tras varios meses de reducir lo máximo posible en gastos, lo que significaba renunciar a dos de las ocho comidas, por darles un nombre, semanales que Haji podía permitirse, había conseguido por fin reunir el dinero y comprar el billete. Buscó un banco en el que poder tumbarse para dormir algo. Por primera vez desde hacía mucho Haji se paró a pensar en sí mismo, no era algo que hubiera hecho antes porque sus últimos años de vida los había dedicado a correr, a buscar comida, a buscar lugares en los que las balas no pudieran alcanzarle, básicamente a sobrevivir como le fuera posible. Pensó en su familia y en cómo de distinto hubiera sido su viaje con ellos, pensó en el futuro incierto que le esperaba al otro lado del mar y en el viaje en barco que iba a hacer la madrugada del día siguiente, pero sobre todo Haji pensó en cómo se disponía a abandonar la que había sido su tierra, el lugar dónde había nacido, se había criado y había vivido feliz durante tanto tiempo y en cómo le habían obligado a abandonarla. No era la primera vez que lo pensaba, pero ésta vez estaba más cerca que nunca de hacerlo y eso le dio miedo.


La madrugada llegó sin que Haji se diera cuenta. Había conseguido dormir un par de horas asi que se encontraba descansado. Las manos le temblaban de puro nervio, sentía que se desmayaría en cualquier momento y perdería el barco en el cual había dado su nombre y pagado su billete. Dieron las tres de la mañana y Haji se encontraba en el muelle junto a una multitud enorme de gente. No se veía ningún barco, sólo había una barca mal hinchada y algún bote de madera. Cuándo el hombre que le había vendido el billete llegó se produjo un perturbador silencio, nadie sabía qué iba a ocurrir y el miedo se veía en el rostro de todos y cada uno de los presentes. El hombre trajeado hizo un gesto y todo el mundo comenzó lentamente a subir a la mal hinchada barca, que parecía ir poco a poco hundiéndose. Queriendo tranquilizarse, Haji comenzó a hablar con el hombre que tenía al lado.
-¿Cree usted que entraremos todos en esa barca?- Preguntó.
-No estoy seguro.- Respondió el hombre. -Pero no creo que vayamos a tener un viaje demasiado cómodo.-
-El hombre del traje me aseguró que no tendríamos problemas durante el viaje.- Dijo Haji intentando mantener la calma.
-No estoy muy seguro de eso, pero esperemos que así sea.-
-¿Cómo se llama usted?- Preguntó Haji intentando desviar la conversación hacia un tema más agradable.
-Mi nombre es Haji.- Respondió el hombre.