Se avistaba tierra en el
horizonte, tierra Europea, tierra de felicidad y de oportunidades,
tierra de dinero. Después de casi 7 años deambulando entre
desgracias, lo único que separaba a Haji de un destino en el cual no
sería bien recibido, pero le podría al menos garantizar la ausencia
de bombardeos, eran unas cuantas millas de mar y mil euros que debía
conseguir para comprarle un billete al tipo trajeado del barco que
zarpaba todos los días a las tres de la mañana.
Con los bolsillos vacíos,
el precio que había pagado por llegar hasta allí había sido
demasiado alto; su padre, su madre, su esposa, su hijo, su hogar...
Todo lo que Haji un día tuvo se había perdido bajo el mar de ruinas
que ahora era su pueblo. A Haji sólo le quedaban los recuerdos,
recuerdos que intentaba mantener con vida, recuerdos de una época en
la que su mayor preocupación era tener que hacer unas cuantas horas
extra para poder así llegar a fin de mes, una época en la que su
familia le esperaba en casa después de una dura jornada de trabajo
de diez o doce horas. Cómo lo echaba de menos. Pero todos esos
recuerdos desembocaban ahora en una pesadilla. No hizo falta más que
un día, un día cualquiera para cualquier persona ajena al pueblo y
a la masacre que lo destruyó, para los que la tragedia no supuso más
que una noticia de un bombardeo en un país lejano que llevaba en
guerra desde hacía mucho. Pero para Haji, aquel viernes 21 de
Diciembre de 2012 suponía mucho más que una noticia, que una
estadística, aquel día Haji lo perdió todo.
Sonó la alarma de aviso,
la gente se puso muy nerviosa y todo el mundo empezó a correr. Haji
se fue corriendo a casa para llevar a su familia al refugio, pero las
bombas comenzaron a caer a medio camino. Al doblar la esquina hacia
su calle se dio cuenta de que era demasiado tarde, de que ya no
había nada que hacer. Una de las numerosas bombas que llovieron
aquel día había alcanzado su casa que ahora se caía a pedazos. El
mundo se le vino abajo y se quedó parado en mitad de la calle, no
importaban las bombas, ya no importaba nada, su casa se había
derrumbado delante de sus propios ojos, y con ella toda persona a la
que Haji quería. Cuándo fue capaz de reaccionar, su primer impulso
fue el de gritar, no decía nada, solo gritaba.Gritó hasta que la
ausencia de voz no se lo permitió más y entonces lloró. El
bombardeo había terminado y Haji seguía vivo, hubiera preferido una
bomba bajo sus pies o sobre su cabeza, cualquier cosa antes que lo
que estaba sucediendo, sin duda la sensación más dolorosa que una
persona puede llegar a tener. Lloró hasta que el dolor de cabeza
mezclado con el de oído fue insoportable. Por un momento pensó que
aquello no era más que un sueño y que despertaría de un momento a
otro, el no despertar lo enloqueció por un momento, se mareó y cayó
al suelo inconsciente.
Cuándo se despertó no
había nadie, todo el pueblo estaba vacío y en ruinas, se incorporó
y se quedó mirando su casa, bajo la cual yacía su familia, muerta,
aplastada y olvidada.
Anduvo sin tener muy
claro adonde durante meses. Dormía en cualquier banco y malcomía lo
que conseguía robar de vez en cuando en los mercados de los pueblos
por los que pasaba. Todo se había acabado. Vivir no le resultaba
demasiado estimulante pero jamás contempló la opción de rendirse y
dejar que la gente, como a su familia le había sucedido, siga
muriendo. Pero, ¿qué podía hacer un hombre, un solo hombre como
él, para cambiar el curso de una guerra? ¿No había, acaso, países
enteros que luchaban para ello? ¿Países poderosos, adinerados y
avanzados que jamás permitirían masacres como aquella? Estaba
seguro de que sí, tenían que existir. Se dispuso a unirse a esas
fuerzas, a esos hombres y mujeres que seguro luchaban por un mundo en
el que cada persona tenga las mismas oportunidades y los mismos
derechos. Así comenzó su viaje hacia tierras Europeas. Hacia
tierras de felicidad. Hacia tierras de oportunidades. Hacia tierras
de dinero.
Mendigar era la única
manera legal que Haji tenía de conseguir dinero y tras varios meses
de reducir lo máximo posible en gastos, lo que significaba renunciar
a dos de las ocho comidas, por darles un nombre, semanales que Haji
podía permitirse, había conseguido por fin reunir el dinero y
comprar el billete. Buscó un banco en el que poder tumbarse para
dormir algo. Por primera vez desde hacía mucho Haji se paró a
pensar en sí mismo, no era algo que hubiera hecho antes porque sus
últimos años de vida los había dedicado a correr, a buscar comida,
a buscar lugares en los que las balas no pudieran alcanzarle,
básicamente a sobrevivir como le fuera posible. Pensó en su familia
y en cómo de distinto hubiera sido su viaje con ellos, pensó en el
futuro incierto que le esperaba al otro lado del mar y en el viaje en
barco que iba a hacer la madrugada del día siguiente, pero sobre
todo Haji pensó en cómo se disponía a abandonar la que había sido
su tierra, el lugar dónde había nacido, se había criado y había
vivido feliz durante tanto tiempo y en cómo le habían obligado a
abandonarla. No era la primera vez que lo pensaba, pero ésta vez
estaba más cerca que nunca de hacerlo y eso le dio miedo.
La madrugada llegó sin que
Haji se diera cuenta. Había conseguido dormir un par de horas asi
que se encontraba descansado. Las manos le temblaban de puro nervio,
sentía que se desmayaría en cualquier momento y perdería el barco
en el cual había dado su nombre y pagado su billete. Dieron las tres
de la mañana y Haji se encontraba en el muelle junto a una multitud
enorme de gente. No se veía ningún barco, sólo había una barca
mal hinchada y algún bote de madera. Cuándo el hombre que le había
vendido el billete llegó se produjo un perturbador silencio, nadie
sabía qué iba a ocurrir y el miedo se veía en el rostro de todos y
cada uno de los presentes. El hombre trajeado hizo un gesto y todo el
mundo comenzó lentamente a subir a la mal hinchada barca, que
parecía ir poco a poco hundiéndose. Queriendo tranquilizarse, Haji
comenzó a hablar con el hombre que tenía al lado.
-¿Cree usted que entraremos
todos en esa barca?- Preguntó.
-No estoy seguro.- Respondió
el hombre. -Pero no creo que vayamos a tener un viaje demasiado
cómodo.-
-El hombre del traje me
aseguró que no tendríamos problemas durante el viaje.- Dijo Haji
intentando mantener la calma.
-No estoy muy seguro de eso,
pero esperemos que así sea.-
-¿Cómo se llama usted?-
Preguntó Haji intentando desviar la conversación hacia un tema más
agradable.
-Mi nombre es Haji.-
Respondió el hombre.